Opinión: Mi tercer grado
Ayer volví a mi extraña rutina: darle un beso a mi hijo dormido a las 4:30 a.m. sabiendo que el próximo probablemente será pasadas las seis de la tarde. Los…
Por Rafael Lenín López @LeninPR
Ayer volví a mi extraña rutina: darle un beso a mi hijo dormido a las 4:30 a.m. sabiendo que el próximo probablemente será pasadas las seis de la tarde. Los que me acompañan en mi programa de radio saben que se ha convertido en un segmento casi diario saludar a Rafael Antonio cuando va de camino a la escuela. Les confieso que ayer, cuando reanudó el tradicional saludo, volvió esa extraña sensación de culpabilidad por no poder compartir con él la experiencia mañanera.
Rafael ya comienza su tercer grado, un año que anticipan será académicamente fuerte…También el año de su Primera Comunión. ¡Está grande mi Rafa!
Estaba eufórico con el reinicio de las clases. Volvía a ver con regularidad a sus amigos, Pablo, Gustavo, Javier y otros. Viví, mediante los mensajes que me enviaba mi esposa Priscilla y mientras conducía el programa de radio, ese nerviosismo de su primer día de clases, el nuevo salón, los pupitres, el reencuentro, los nuevos maestros, etcétera. Como decía la campaña de una tarjeta de crédito, priceless. Rafa me reclamó luego la ausencia, pero pronto la compensaré.
Como papá, renuncio con pesar a tener ese momento diario mañanero, de estrés y de alegría que asume como una gran titana —antes de dirigirse a su trabajo— mi esposa Priscilla para que yo pueda laborar en una profesión que exige horarios extraños. Lo hago sabiendo que es mi obligación trabajar duro para poder ofrecerles a mis hijos las experiencias de vida que estén a mi alcance, y la educación es sin duda la principal.
Cuando comienzo hablando de “mi tercer grado”, lo hago con toda la intención. Supone que, cuando mi hijo empieza su tercer grado, yo también lo empiezo con él. No estoy hablando de hacerle el trabajo y la vida más fácil en la escuela. Hablo de la necesidad que tenemos todos los padres de involucrarnos, de meternos hasta el tuétano en los asuntos de nuestros hijos. Tenemos la obligación de saber qué están enseñando en cada una de las materias, asistirles en sus problemas —sin resolvérselos a la menor provocación—, conocer y respaldar a sus maestros, participar sin entrometernos indebidamente en la organización escolar y ayudar al sistema a ser mejor todos los días. El trabajo no es excusa. Es fuerte, pero es nuestra obligación.
En la educación, a nivel individual y colectivo, se nos va la vida.
Por eso, ayer, con todo el trabajo que tenemos, se acabaron nuestras vacaciones y empezamos, Priscilla y yo, nuestro tercer grado y esperamos vivirlo con toda la pasión.


