Opinión: No siempre se puede arreglar
Hace unos días leí un artículo que retrató a varias personas conocidas. Este hablaba de gente negativa que parece disfrutar su negatividad. Citaba un estudio…
Por Lily García
Hace unos días leí un artículo que retrató a varias personas conocidas. Este hablaba de gente negativa que parece disfrutar su negatividad. Citaba un estudio que analizó el porqué muchas personas que viven quejándose o enfocándose en lo que han perdido o no han logrado odian que uno trate de subirles el ánimo. Según el estudio, no es que estas personas disfruten su negatividad, sino más bien que parecen tener una gran necesidad de que les validen lo que están sintiendo.
En otras palabras, que cuando alguien te dice: “Es que yo tengo una suerte perra en el amor”, no le respondas: “Chica, qué va, debe ser que estás escogiendo mal tus parejas”. Esa puede ser la verdad, pero no la que quiere escuchar. La respuesta ideal para este tipo de personas, de acuerdo con este estudio, sería: “Qué pena, bendito”.
Uno de los ejemplos que daba el artículo era el de una mujer recién parida que se le quejaba a una amiga de lo exhausta que estaba por la falta de sueño. La respuesta de la amiga fue “Lo sé, pero disfrútate este momento preciado porque no va a durar mucho”. Aunque con sus palabras la amiga lo que intentaba era animarla, para la nueva mamá ese no fue el mensaje que llegó. Ella lo que sintió fue que la amiga no estaba validando su cansancio y encima la había hecho sentir como una mala madre porque no se estaba “disfrutando el momento”.
Leer este estudio me ha hecho mucho más consciente de lo que debo o no decir cuando sienta la necesidad de consolar a alguien que esté quejándose o diciendo algo negativo. Tengo que confesar que mi tendencia natural siempre ha sido tratar de sanar de alguna forma lo que la persona está sintiendo, y lo cierto es que no tengo por qué ponerme esa presión. Las emociones negativas son válidas. Hay ocasiones en la vida en que no nos huelen ni las azucenas y tenemos todo el derecho del mundo de sentirnos que no valemos nada. El gran reto está en no quedarnos en ese momento y verlo como lo que es, como algo que va a pasar.
Recuerdo un amigo que tenía una forma bien particular de bregar con personas negativas. Cuando ya no podía más con todas las quejas que le traían, él las miraba bien serio y les decía: “Yo tú me suicidaba”. La respuesta casi inmediata de la persona era “Ay, chico, no es para tanto”, y la cosa terminaba en carcajadas. Casi nunca es para tanto, pero tal vez debemos dejar que sea la misma persona la que se dé cuenta.


