Opinión: Agradecimientos que sanan

Hace dos semanas viajé a Miami a pasar un fin de semana con mis amigas Cathy y Glenda. Nos conocimos hace treinta y cinco años viviendo las tres en España…

Por Lily García

17 mar 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

Hace dos semanas viajé a Miami a pasar un fin de semana con mis amigas Cathy y Glenda.  Nos conocimos hace treinta y cinco años viviendo las tres en España, pero hacía años que no nos encontrábamos las tres.  Glenda nos preparó un itinerario exquisito que incluyó, entre otras cosas, los festivales de cine y flamenco en Miami.  Pero el momento más hermoso de todo el fin de semana me tocó vivirlo, irónicamente, en un hospital. 

Glenda es emergencióloga, una especialidad que ha practicado durante más de veinte años.  Ella se había tomado unos días de vacaciones para este junte de amigas, pero una mañana la llamaron del hospital para pedirle que pasara por allá.  Resulta que hacía más o menos una semana, mientras estaba de turno, había llegado a la sala de emergencias uno de los jugadores más importantes del equipo de fútbol americano de la Universidad de Miami.  El muchacho había colapsado durante una práctica y llegó a emergencias. 

Glenda y su equipo de trabajo lograron estabilizarlo, para luego enviarlo a otro hospital donde fue internado.  Ella y sus colegas, incluyendo el neurólogo que trabajó el caso, temían que luego de este incidente el muchacho terminaría con daño neurológico severo.  Aquella llamada del hospital ese día era para informarle a la doctora que el muchacho no solo estaba ya despierto y caminando, sino que se estaba comunicando perfectamente y hasta utilizando su iPad. Y, como si fuera poco, sus padres querían pasar por la sala de emergencias para agradecer personalmente al equipo que lo salvó.

Glenda me pidió que fuera con ella al hospital y, aunque de primera intención pensé quedarme en el carro, ella insistió en que entrara.  “Nunca, en todos los años que llevo practicando la medicina, han regresado a la sala de emergencias a darme las gracias”, me dijo. Definitivamente tenía que compartir ese momento con ella.

Cuando el padre y la madre de ese muchacho llegaron allí, aquello fue un festival de emociones.  Ambos estaban ahogados en llanto, abrazando al personal y agradeciéndoles el haberle salvado a su hijo. Yo tuve que moverme a un pasillo contiguo porque no pude contener las lágrimas.  Me sentí tan orgullosa de Glenda, que más que una amiga es una hermana para mí.  Y quise compartir con ustedes este momento para recordarles lo importante que es el agradecimiento, aun cuando la persona esté haciendo su trabajo.  Desde el mesero que te sirva la comida hasta el médico que te pueda salvar la vida.  Agradece el servicio que otros te dan y valídales su propósito en tu vida.  Te aseguro que en el proceso el que más ganas eres tú.