Dramáticos relatos de personas con VIH/Sida
Reveladores casos. A 32 años de la detección del mortal virus, jóvenes relatan lo duro que es vivir con la cruel enfermedad.
Por Juan Carlos Melo @melodicespr
Quién diría que una petición de amor por parte de un joven que recién conocía llevaría a Luis Fernández (nombre ficticio) a descubrir la cruda verdad de que a sus 19 años portaba el virus de inmunodeficiencia humana (VIH).
Las señales comenzaron una semana antes de su cumpleaños, en abril de 2011, nos relata: “Me sentía bien mal, estaba tirado en el mueble, tenía dolor en los huesos, tenía fiebre y fui al hospital donde me hicieron un CBC (Cell Blood Count, análisis de sangre). Salí bien. Solo las plaquetas habían bajado un chin y me ordenaron otras pruebas”.
Fernández no hizo caso al pedido de los médicos y siguió su alegre vida. Nunca sospechó que en su sangre corría el germen que ha cobrado la vida de casi 26 mil personas en Puerto Rico en los últimos 32 años.
Solo la pasión y el deseo de estar con su nuevo enamorado lo llevaron a conocer su fría realidad. “En mayo conocí a esta persona que me pide que me haga la prueba porque él se las había hecho. Cuatro días después fue cuando salió el positivo reactivo”, dice.
A Fernández lo contagió otro joven de su mismo sexo, alguien que vivía la vida en bacanales sexuales, nos dice, que fiestaba de domingo a domingo. “Lo dejé porque me enteré de que me fue infiel en varias ocasiones. Él estaba al garete. Después que me dejo de él, cogí coraje y comencé a llevar mis prácticas sexuales mas allá. Claro, les decía que tenía VIH. Algunos me rechazaban; otros me aceptaban. Estaba bien desorientado”, afirma.
La realidad de Fernández no es distinta a la de más de 20,097 personas que viven con el terrible flagelo en la Isla.
De acuerdo con la directora del Programa de Vigilancia de VIH/Sida, el principal modo de transmisión de VIH/Sida entre los 13 y los 34 años es a través de hombres teniendo relaciones sexuales con otros hombres. No obstante, recalcó que la enfermedad no es una exclusiva de personas homosexuales.
El problema del VIH/Sida no solo lo sufre quien lo padece, sino también los familiares. Wanda Aponte es el vivo ejemplo de esa situación. La joven de 24 años y residente en San Juan lleva tres años cuidando a su madre portadora del virus del sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida).
Al momento de esta entrevista, la estudiante de Justicia Criminal permanecía en la sala de emergencias del Hospital San Francisco en Río Piedras. Pasó allí la noche del Día de Acción de Gracias rogándole al Todopoderoso que su madre se restableciera.
“Los médicos me dijeron que va a estar bien. Ella convulsó dos veces anoche luego de tener dos años que no convulsaba”, dijo entre lágrimas.
Aponte no tiene sida ni tampoco HIV, pero el tiempo que lleva cuidando a su madre es como si ella misma también cargara con la enfermedad.
“Yo lloro, yo sufro porque cuando a ella le falta su medicamento me falta a mí. Me afecta emocionalmente. Me da miedo que desarrolle resistencia a los medicamentos y después que hemos avanzado tanto vuelva a caer por una negligencia de terceras personas”, narra Aponte, haciendo referencia al ser humano que contagió a su madre, su padre.
“Mi papá murió de una sobredosis hace tres años. Era usuario de drogas, contagió a mi mamá, quien siempre estuvo con él. Nunca lo abandonó”, dice Aponte, quien se gana la vida como estilista.
Añade que, a los tres meses de la muerte de su padre, su madre comenzó a enfermar. Los médicos le detectaron un tumor canceroso en el cerebro y la operaron. No obstante, su madre continuó enfermando y es luego —en 2010— que le diagnostican sida.
“Entré en pánico. Recuerdo que al principio por ignorancia le decía a todo el mundo que mi mamá lo que tenía era cáncer. Tenía miedo de que las personas pensaran que atendiéndose conmigo se iban a contagiar. Fue bien difícil, pero comencé a educarme y he podido salir adelante”, dijo Aponte, quien aprendió que el sida no es una enfermedad social.

