Opinión: El fanatismo por Justin Bieber
El sábado, navegando por las redes, me topé con un video que era parte de la reseña periodística del concierto de Justin Bieber, celebrado la noche anterior en…
Por Rafael Lenín López @LeninPR
El sábado, navegando por las redes, me topé con un video que era parte de la reseña periodística del concierto de Justin Bieber, celebrado la noche anterior en el Coliseo José Miguel Agrelot. Vi a un grupo de niñas y jóvenes brincando eufóricas. Hasta ahí me parecía propio de esa etapa en la vida, hasta que escuché a una joven decir: “Él me inspira a seguir hacia adelante”.
La primera reacción de uno es sentir bochorno. Claro, aunque en nuestra generación se veía ese frenesí por alguna estrella o grupo del momento, uno quisiera que esos sentimientos fueran hacia una de tantas figuras nacionales que nos hacen sentir orgullosos. Después de la vergüenza, me arrepentí de esa sensación de frustración y me cuestioné: “¿No es ese fanatismo el que anda chavándonos por todos lados?”. A este punto, ya la muchacha no me parecía un ser extraño a nuestra realidad de pueblo.
Y es que el fanatismo nos está matando y nubla el debate honesto que se debe desarrollar para la búsqueda de soluciones. El fanatismo, de la mano de la ignorancia, lo vemos en los partidos políticos con las terribles consecuencias de llevar a los más incultos al poder.
El martes decía por radio una legisladora popular que el aumento en el precio de la leche se debía a “una legislación federal” y que ella quería escuchar cómo los anexionistas lo combatirían, ya que viene dictaminado desde el exterior. Además de pronunciar una aseveración incorrecta, ¿no se ha enterado que su partido defiende, como uno de sus grandes pilares, que la jurisdicción federal intervenga en lo que le venga en gana?
El fanatismo coloca en el poder a quien entiende que es prioridad para el país restaurar el Capitolio al costo de $15 millones y restituir la colegiación de los abogados. El fanatismo llevó, durante el fin de semana, a toda una exjueza del tribunal apelativo a irse al nivel del betún en medio del jolgorio —justificado— que hizo el PNP sobre el fundraiser del gobernador en la discoteca Brava.
El viernes reportábamos en Noticentro sobre el fanatismo a otro nivel, el religioso. Un pastor, un tal Esteban, predijo un gran tsunami y eso llevó a varias familias a salir corriendo hacia Lares para refugiarse antes de que llegara la gran ola. Sí, Lares, el antiguo pueblo patriota que ahora es de los cielos abiertos. Con un gran montaje cibernético, el “religioso” aseguraba tener información privilegiada de científicos y del Gobierno sobre la catástrofe que se avecinaba. Sus seguidores, sin el más mínimo cuestionamiento, huyeron mientras el hombre, a lo Bin Laden en el jihad, les daba instrucciones a través de una camarita que transmitía las instrucciones por la Web.
Tenemos que salir del fanatismo y preguntarnos con la mayor honestidad intelectual posible si estamos en un país que ha registrado 40 asesinatos en dos semanas y seis suicidios en tres días. ¿Cúando se planteará un revolucionario plan social y educativo que cambie —a largo plazo— nuestra dirección?
Si buenas cosas se están haciendo en sectores como la agricultura o en la búsqueda de inversión, también tenemos que preguntarnos si esta administración no ha estado 10 meses sin atender —a la altura de las tendencias mundiales— el deterioro social que nos está matando.
No basta con prometer erradicar la pobreza en 20 años. Quienes prometen eso saben que para ese entonces no estarán en el Gobierno.
Tenemos que generar y participar en discusiones inteligentes y combatir el fanatismo a todos los niveles, ya que no es exclusivo de un estrato social. Vi ese fanatismo esta pasada semana entre religiosos, en una legisladora, en toda una señora exjueza y en la chica Bieber.
Hay que combatir el fanatismo para que los hijos de esa chica escuchen la música del Bieber del 2040, deliren, pero nunca vean en esa figura el estímulo para seguir hacia adelante.
Había compartido esta columna con mi esposa el martes mientras cenábamos en un restaurante de Guaynabo. Me dijo que sonaba muy pesimista. De regreso a casa, no nos pudimos parar en la gasolinera a comprar leche. Íbamos relajando, con ese cinismo que nos domina ante la crisis, sobre la necesidad de comprar un galón antes de que suba el precio.
Llegamos a la zona y la calle estaba cerrada. La policía bloqueaba el tránsito y un mar de biombos azules nos robó el momento familiar. Nos miramos y seguimos a la casa, ignorando la escena, pretendiendo no lucir alarmados frente a nuestro hijo de 7 años. Ya en el hogar y esperando que Facebook nos anunciara que había sido solo un robo, nos enteramos que, por algunos minutos, no nos cruzamos con el asalto y la balacera que cobró la vida del billetero del barrio. Nos habíamos librado del corre y corre, del pánico entre gente trabajadora que a diario hace sus últimas paradas en los colmados antes de ver a su familia.
Le dije a mi esposa que soy optimista, pero que la calle nos pulsea en contra.
Hay muchas cosas buenas pasando, muchos buenos puertorriqueños dando el resto por el país. Somos muchos los que queremos quedarnos y no salir en el primer vuelo con maleta en mano, porque nos aferramos —aún observando la inacción del otro— a aquellas cosas que nos dan esperanza para saber que no todo está perdido.
Somos muchos los fanáticos de este país, pero con el fanatismo del bueno.
Apostemos a ese fanatismo para que el optimismo no siga vendiéndose tan caro.


