Opinión: La discreción, vital en el periodismo

Hace ya casi 20 años aprendí, al principio de mi carrera como periodista, la importancia de mantener la boca cerrada. Por allí dicen que los que nos dedicamos…

Por Mariliana Torres @MarilianaTorres

22 oct 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

Hace ya casi 20 años aprendí, al principio de mi carrera como periodista, la importancia de mantener la boca cerrada.
Por allí dicen que los que nos dedicamos a esta extraordinaria profesión lo divulgamos todo, y en menos de un minuto se entera la humanidad. Pero lo anterior es una percepción equivocada, porque los periodistas aprendemos a callarnos la boca.

Decidir cuándo divulgar y cuándo no es correcto hacerlo se convierte en una de las mayores virtudes de un periodista: la discreción. A lo que aludo es a aprender a callar sin que nadie te pida un juramento de silencio. Lograr esa discreción exquisita es cuestión de disciplina.

Lamentablemente, algunas personas pasan por esta profesión sin ni siquiera haber intentado cultivar esa virtud o hasta trascienden desconociendo que es una herramienta vital para ejercer. En un periodista la discreción le otorga respeto entre sus pares y sus fuentes informativas.
Cuando hablo de discreción, no me estoy refiriendo al “juramento” periodístico de no divulgar quién te dijo qué cuando entra a escena el llamado y, para mí, odiado “off the record”, que tantos entrevistados gustan de utilizar para tapar sus propias indiscreciones.

La discreción que insinúo es la que excelsos periodistas, como Javier Darío Restrepo, Fernando Ónega y Mirta Rodríguez Calderón, han logrado en sus brillantes carreras. Los menciono a ellos porque son referencia en escuelas de comunicación debido a su esmerado proceder ético en su labor periodística y el discernimiento ejercido al publicar sus historias con verdad, responsabilidad, respeto y prudencia.

Lograr ese sentido de sensatez conlleva poner a prueba cuán desarrollado está el elemento ético de nuestra profesión. Escuchando las respuestas atentamente para poder reflexionar sobre los argumentos esbozados.

En la década del 90, cubría acontecimientos políticos, y un día un gobernante que se levantó del lado izquierdo de la cama me respondió con una imprudencia. Luego de una reflexión, entendí que en nada aportaba a la historia que publicaría tal acto del mandatario que en cualquier liga reflejaba su falta de educación. Comprendí que, en este caso, simplemente había sido un mal día para él y se desquitó conmigo. Los que vieron el incidente apostaron a que daría a conocer el incidente, pero no fue así.
A los cinco minutos de haberse transmitido la historia, recibí una llamada; era de la Fortaleza; alguien quería hablarme. En efecto, era el gobernante, me dio las gracias y luego me pidió disculpas por lo ocurrido.

Lo anterior no significa que después de esa llamada tuve trato preferencial o que me dieron exclusivas. Simplemente fue un acto genuino de colocar en una balanza lo que es noticia y lo que no lo es. Saber discernir entre lo que incumbe y lo que no. Aprender a reflexionar antes de tomar decisiones. Enseñar con nuestras decisiones que se puede ser discreto sin perder el horizonte de buscar la verdad. Ser justo en el momento preciso y ser implacable cuando se tiene conocimiento sobre un hecho irreverente que afecta a nuestra sociedad por culpa del embriagamiento de los hombres al adquirir poder.
Para que se enteren, no soy amiga del gobernante, solo aprendí a ser discreta.