La caída de ‘El Fenómeno’
Una rara atmósfera solemne te salió al paso aquella noche y te apretó el pecho al bajar a pie de la avenida Fernández Juncos, por la calle Dos Hermanos, hacia…
Por Manuel Clavell Carrasquillo
Una rara atmósfera solemne te salió al paso aquella noche y te apretó el pecho al bajar a pie de la avenida Fernández Juncos, por la calle Dos Hermanos, hacia la Placita de Santurce.
Aquel silencio que se te metía por los huesos no era típico y te provocó la revelación de un vacío o una pérdida. Algo andaba mal o empeoraba, porque al caminar por ese microlaberinto de la ahora yulinesca “Ciudad Patria” uno suele contagiarse con la chispa del sonido bestial de las velloneras y el zumbido de la multitud en éxtasis. Pero, a esa hora, nada se escuchaba.
Llegabas tarde al encuentro con el fotógrafo en el cuadrángulo que bordea la escultura de los aguacates para escoger al azar un “espot” etílico. Se integraron allí para reportar la reacción del pueblo a la pelea del primer boxeador abiertamente gay de la historia, el boricua Orlando Cruz “El Fenómeno”, contra el puritito macho mexicano, Orlando Salido, ya que ninguno de los antros GLBTT la estaba presentando.
El mutismo de los corillos que se arremolinaban frente a los bares sin aire acondicionado, algunos sentados en sillas plegadizas y otros de pie, velando como fieras por la visibilidad de los demás, se extendió hacia los primeros minutos del espectáculo.
Los bartenders paralizaron el despacho de palos y cervezas. La gente observaba tímida los movimientos de los peleadores, juzgaba con distancia emocional la salida y la pegada del “nuestro”. Hombres y mujeres, incluyendo al fotógrafo contigo, comentaban por lo bajo que El Fenómeno había empezado sin rumbo, flojo. Le requerían, hablándoles a los televisores, que pegara duro, que no cayera en las cuerdas; que actuara de inmediato.
Esa fe tan débil en su éxito abonó a la teoría de que, una vez en el ring, la mayoría juzga al boxeador por sus destrezas y no por lo que significan los colores queer de la bandera puertorra cosida en sus pantalones y calzoncillos. Quizás por eso fue que no escuchaste ni una sola burla pero tampoco reclamos de justicia cuando Orlandito se desplomó sobre la lona.
Lo que sí escuchaste en ese momento infame fue el sonido particular del cierre de las sillas plegadizas y las solicitudes de más alcohol a los bartenders. En ese lapso de la aceptación de la derrota se hizo un esfuerzo general por reprimir reacciones pasionales, largas y fuertes.
La cámara, no obstante, se encargó de develar algunas fugas: una que otra persona boquiabierta, gestos de desánimo, hombres que confirmaban estoicos sus pronósticos fatídicos y, entre aquel inusual mutis urbano, algunos apaciguados inconformes que nada saben de boxeo, como tú, ante la dura realidad de que “perdimos”.


