Mandela

Mientras el expresidente sudafricano Nelson Mandela agoniza, la segregación económica y racial contra las que tanto luchó continúan dando signos de vitalidad…

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

8 jul 2013, 12:00 am 3 min de lectura

Mientras el expresidente sudafricano Nelson Mandela agoniza, la segregación económica y racial contra las que tanto luchó continúan dando signos de vitalidad, tanto en ese país como en muchos otros alrededor del mundo, y la práctica política que él tanto dignificó se evapora bajo los dictámenes del sistema financiero y la extensión de la corrupción.

Así escribió esta semana la destacada politóloga Judit Carrera en un periódico de España al trazar su mirada reflexiva para acentuar el balance de estos últimos días en la vida de una de las personalidades más distinguidas del pasado siglo, cuyo estado de salud ha ido debilitándose aceleradamente.

Mandela, que el próximo 18 de julio cumplirá 95 años de edad, agota sus últimos suspiros. Su cuerpo cede paso al tiempo mientras nos provoca cavilar por las hazañas que marcaron su comprometida gesta política.

Se trata de una figura icónica del tablero político mundial que entregó su vida a luchar contra la opresión y la desigualdad racial y social de su patria. Su principal objetivo fue erradicar la política segregacionista del apartheid en tierras sudafricanas y conducir esa sociedad a una nueva era, en la que el color de piel de los ciudadanos no determinara su posición socioeconómica.

La defensa de su ideal de equidad y democracia lo condujeron a prisión. Acusado de traición por el régimen dictatorial de su país, Mandela fue sentenciado a cadena perpetua en 1964, permaneciendo en prisión por 27 largos años, cinco menos que la condena que hoy ha cargado nuestro preso político puertorriqueño Oscar López, a quien el gobierno estadounidense mantiene en cautiverio por defender las mismas causas que abrazó el legendario líder sudafricano.

Madiba, nombre con el que Mandela se dio a conocer durante el ardor de su lucha política a lo largo de la década de 1950 y principios de 1960, anhelaba la paz. Sus sueños armaban la construcción de una sociedad capaz de conducirse armónicamente aun dentro de sus marcadas diferencias. Una sociedad respetuosa de la divergencia de opiniones; que apostara al diálogo y con gran fe en las enormes posibilidades que se derivan de la práctica del consenso y la concertación.

Su lucha, como bien señala Carrera, “fue un punto culminante en la historia de los movimientos por la abolición de la esclavitud y por la emancipación que tuvieron como horizonte la extensión de derechos sociales y la aplicación del ideal democrático de igualdad”.

El líder de Sudáfrica creía, ante todo, en la gente y en su capacidad de forjar un nuevo futuro sin odios ni venganzas, confiado en su aforo para armar espacios de reconciliación como requerimiento vital para emprender marcha en ruta hacia el cambio social.

En una ocasión, el periodista Richard Stengel, exdirector de la revista Times y editor de su autobiografía Largo camino hacia la libertad, publicó un reportaje destacando los “secretos tácticos” del liderazgo efectivo de Mandela, revelados como valores humanos importantes a ser replicados entre quienes aspiran a la construcción de sociedades más justas y libres.

Entonces, Stengel destacó que el máximo secreto de Mandela, y quizás la sazón de su éxito político, fue su arte de negociación. Esa suprema capacidad para escuchar, dialogar y persuadir al adversario anteponiendo la palabra inteligente y sensata a la lucha frontal descabellada, demagógica y fratricida.

Madiba, en medio de las tensiones políticas que sellaron su gesta, fue capaz de ceder; de no imponerse; de apostar a la razón como mecanismo para sobrecoger a sus contrarios. Su palabra certera inspiró confianza y fue vital para librar a sus compatriotas de las cadenas del miedo a la libertad. Los sublevó con amor. Repasando su historia, queda mucho por aprender de la proeza de este gran hombre.