Nuevos desafíos
El pasado martes, la apuesta política del electorado puertorriqueño se tradujo en castigar los atropellos de un Gobierno que, en un solo cuatrienio, se encargó…
El pasado martes, la apuesta política del electorado puertorriqueño se tradujo en castigar los atropellos de un Gobierno que, en un solo cuatrienio, se encargó de patear la democracia, despedir masivamente a empleados públicos, avanzar en su política de privatización y destruir nuestros recursos naturales. No queda claro aún de dónde es la procedencia exacta del voto que, por castigar al Partido Nuevo Progresista (PNP), le concedió la victoria al Partido Popular Democrático (PPD), aunque las tendencias arrojan que vino de todos los sectores políticos que se enfrentaron en esta contienda. Hubo, en ese sentido, una expresión de repudio al mal-trato que significó el Gobierno penepé con los desprecios que encararon algunas personalidades de ese Gobierno, quienes, borrachos de poder, pisotearon la disidencia, abusaron de los recursos fiscales del País y vilipendiaron la dignidad de un pueblo. Ellos recibieron su castigo y, en consecuencia, se atenuaron las posibilidades de abrir nuevos surcos en nuestro quehacer político al cancelarse el avance de grupos, como el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), el Partido del Pueblo Trabajador (PPT) y el Movimiento Unión Soberanista (MUS), que se encargaron de presentar propuestas serias y reales para atacar los problemas que nos aquejan. El reclamo al “voto útil” que pronunciaron algunos líderes pepedés triunfó. Ahora resta ver cómo se atenderán los asuntos sociales y económicos que tienen al País en un triste estancamiento. No hay dudas que el nuevo partido gobernante tendrá ante sí un gran reto. Por ejemplo, ya han asomado nuevamente los aires de devaluación de nuestro crédito, hecho que pone en riesgo nuestra situación fiscal. Al mismo tiempo, el sistema de retiro se viene al suelo arrastrando así el porvenir de quienes han dado su vida al servicio público. Asimismo, la violencia callejera que nos acecha requiere una respuesta social urgente; el sistema educativo necesita una transformación radical y un liderato eficiente que dé curso a la discusión seria y verdaderamente democrática del pronunciado plan decenal; mientras en la Universidad de Puerto Rico, se aguarda por ver concretadas las promesas de campaña que advertían un cambio radical. El servicio público, el más golpeado en este cuatrienio, está a la espera de recibir más atención, lo que significa la revisión de las condiciones laborales de las y los empleados y un salto en la calidad de los servicios que recibe la ciudadanía. No hay excusas para no atender la problemática social que enfrentamos porque, gracias a la amplia discusión que propiciaron los partidos emergentes, contamos con propuestas innovadoras, articuladas desde las plataformas políticas de los emergentes, colmadas de una sensibilidad social distinta a la que tradicionalmente se adscriben los dos partidos mayoritarios. Aguardamos, en tanto, por la voluntad del nuevo gobierno para acogerlas e implantarlas. Para quienes apostamos a la ruptura del bipartidismo, el balance de esta contienda debe hacerse con mesura y honestidad. Nadie puede ocultar que en un periodo breve, y carentes de recursos, los partidos emergentes se aventaron a una carrera política para presentar una nueva esperanza al País y mostrar que si alteramos la forma de gobernar y apostamos a la voluntad del pueblo, con verdadera intención y no como estribillo electoral, podemos crear un mejor futuro. En ese sentido, las propuestas del PIP, PPT y MUS aportaron al debate público formas de gobernar desde un nuevo paradigma. Comprendieron, además, alternativas noveles para atender nuestra crisis y, lo más importante, se armaron de la ilusión de forjar un nuevo Puerto Rico. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos para convencer al electorado de la necesidad de romper el cerco electoral que nos abate, este seleccionó castigar al incumbente con una fórmula que perpetúa el modelo bipartidista y que en su faz está anclada en los mismos postulados que su antecesor. Son tiempos de reflexión.


