De la salsa al reguetón: Bad Bunny hace lo que le da la gana en el Bithorn y monta un baile inolvidable
Bad Bunny regresó ante su gente para el cierre en Puerto Rico de su DeBÍ TiRAR MáS FOToS World Tour, en una noche que arrancó con sabor a salsa, terminó en pleno perreo y reunió sobre la tarima a varios exponentes del género urbano.
Por Santiago Omar Escobar Colón
Desde muchas horas antes de que Bad Bunny apareciera sobre la tarima, el Estadio Hiram Bithorn ya parecía estar esperando algo surreal.
El calor pegaba fuerte. Miles de personas entraban poco a poco al complejo. Algunos llevaban banderas de Puerto Rico amarradas al cuello, otros camisetas alusivas a DeBÍ TiRAR MáS FOToS y muchos habían llegado desde temprano dispuestos a aguantar lo que fuera necesario.
Era sábado. Era Puerto Rico. Y Benito estaba de vuelta en casa.
La experiencia había comenzado desde las 11:30 de la mañana en El Mercado, ubicado en la Plaza de la Independencia, donde los asistentes encontraron comida, bebidas, artesanía, música y distintas experiencias antes de hacer su entrada al estadio.
Había niños, jóvenes, familias enteras, adultos mayores y visitantes de otros países. Algunos bailaban. Otros comían. Muchos simplemente esperaban.
Y mientras avanzaba la tarde, la expectativa crecía.
Ante la ausencia de estacionamiento para el público dentro del complejo, miles recurrieron al Tren Urbano, las guaguas de la Autoridad de Transporte Integrado, Uber y otras alternativas para llegar hasta el Bithorn.
Nada de eso pareció enfriar los ánimos.
Ni siquiera el calor.
A medida que se acercaba la hora del concierto, las gradas se llenaban, el terreno se convertía en un mar de personas y los celulares comenzaban a aparecer en las manos incluso antes de que hubiera algo que grabar.
Porque todos estaban esperando lo mismo.
A Bad Bunny.
Y entonces apareció Benito
Poco antes de las 7:00 de la noche llegó el momento. Los primeros acordes de LA MuDANZA fueron suficientes.
El Bithorn explotó.
Gritos desde las gradas, miles de celulares en alto y un coro prácticamente inmediato recibieron a Benito Antonio Martínez Ocasio en el comienzo de Cerramos en Casa, las funciones con las que regresó a Puerto Rico para poner punto final ante los suyos a su DeBÍ TiRAR MáS FOToS World Tour.
Desde ese momento quedó claro que no sería simplemente una reproducción del espectáculo que había llevado por otras ciudades.
Puerto Rico iba a tener su propia noche.
Y el primer gran giro llegó con salsa.
Tributo a la salsa
Bad Bunny convirtió la primera parte del espectáculo en una celebración salsera.
Canciones conocidas por un público acostumbrado a escucharlas sobre bases de reguetón o sonidos urbanos tomaron otra forma.
Callaita sonó en versión salsa.
EL CLúB también.
Y de repente, en medio de un estadio abarrotado para ver a una de las figuras más grandes del reguetón, había parejas bailando salsa entre las filas, personas improvisando pasos desde sus asientos y miles siguiendo unos arreglos que le daban otro sabor a canciones que ya conocían de memoria.
No fue anunciado como un homenaje formal. No hacía falta.
El tumbao, los músicos y la respuesta del público hablaban solos.
Bad Bunny estaba comenzando su regreso a casa mirando directamente hacia una parte esencial de la música que ha marcado a Puerto Rico durante generaciones.
Y la gente se montó en el viaje.
Por varios minutos, el Bithorn se sintió menos como un estadio y más como una enorme pista de baile.
Hasta que llegó el momento de cambiar de marcha.
Y después vino el perreo
De la salsa, Benito pasó al reguetón.
Y ahí se acabó cualquier posibilidad de quedarse quieto.
El espectáculo comenzó a recorrer distintas etapas de su carrera, sin limitarse al universo de DeBÍ TiRAR MáS FOToS.
Hubo canciones de diferentes discos, temas recientes y otros capaces de transportar al público varios años atrás.
Sonó MONACO, de Nadie Sabe Lo Que Va A Pasar Mañana, mientras el concierto iba tomando cada vez más velocidad.
La salsa de la primera parte había dado paso al perreo, el trap y el reguetón.
Las gradas brincaban.
En el terreno, miles bailaban prácticamente pegados unos con otros.
Y canción tras canción, el sonido y el juego de luces ayudaban a transformar el Bithorn dependiendo del momento: por ratos parecía una discoteca gigantesca; en otros, una fiesta de pueblo llevada a escala de estadio.
La producción estuvo a la altura.
El sonido se mantuvo potente durante la función y el diseño de luces acompañó cada cambio de ritmo, preparando el escenario para una segunda mitad en la que comenzaron a llegar las sorpresas.
Los invitados comenzaron a aparecer
Chuwi, que ha acompañado a Bad Bunny durante la gira, también tuvo su espacio sobre la tarima.
Más adelante apareció Dei V, provocando otra reacción inmediata entre una multitud que ya sabía que en un concierto de Bad Bunny en Puerto Rico cualquier cosa podía ocurrir.
Pero todavía faltaba uno de los momentos más grandes de la noche.
Entonces sonó un clásico: Diles.
Y con ella llegó un viaje directo al pasado.
Bad Bunny no estuvo solo.
Farruko, Arcángel y Ñengo Flow aparecieron para interpretar junto a él uno de los temas que marcó sus primeros años dentro del género urbano.
La reacción fue instantánea.
El estadio rugió.
Miles de celulares subieron casi al mismo tiempo mientras una canción lanzada mucho antes de que Bad Bunny llenara estadios alrededor del mundo volvía a sonar ahora frente a una multitud en Puerto Rico.
Por unos minutos convivieron sobre una misma tarima el Benito de sus primeros años y el artista global en el que terminó convirtiéndose.
Y el público entendió perfectamente el momento: gritó, cantó, bailó y siguió.
Puerto Rico recibió dos sorpresas
Durante el recorrido internacional, Bad Bunny hizo de las canciones sorpresa uno de los elementos esperados en cada ciudad.
Normalmente era una.
En su natal Puerto Rico fueron dos.
Era otra señal de que aquella parada tenía algo distinto.No se trataba solamente de cumplir con una fecha más del itinerario.
Era volver a casa después de haber llevado por el mundo un proyecto profundamente conectado con Puerto Rico, su memoria, sus sonidos y sus contradicciones.
Y quizás ahí estuvo una de las mayores diferencias con No Me Quiero Ir de Aquí, la residencia que meses antes convirtió el Coliseo de Puerto Rico en epicentro de su universo.
Aquella residencia había sido una declaración de amor a la isla.
Pero el Bithorn se sintió todavía más celebratorio.
Más de fiesta.
Esta vez no era Benito diciendo que no se quería ir.
Ya se había ido.
Había recorrido el mundo.
Y había regresado.
Una fiesta a la puertorriqueñidad
Mientras avanzaba la noche, las banderas de Puerto Rico aparecían una y otra vez entre el público.
Había personas cantando abrazadas. Otras bailaban en los pasillos.
La nostalgia del Benito que comenzaba y la dimensión del artista que ahora regresa a la isla después de presentarse alrededor del mundo.
Todo convivía dentro del mismo estadio. Y por momentos resultaba difícil saber dónde terminaba la voz de Bad Bunny y dónde comenzaban las miles de personas frente a él.
El calor que había castigado durante el día ya era lo de menos.
Las horas de espera también.
Hasta el movimiento para llegar al estadio había quedado atrás.
Para ese momento solo existían la música y el Bithorn.
Y durante la jornada tampoco se observaron incidentes mayores, peleas o altercados que empañaran la celebración. La multitud respondió con un ambiente predominantemente festivo y familiar desde la previa hasta el concierto.
Las últimas canciones
Con el reloj avanzando hacia las 10:00 de la noche comenzó a sentirse que la fiesta entraba en su último tramo.
Habían pasado casi tres horas desde LA MuDANZA.
Tres horas desde aquella primera explosión. La gente seguía de pie. Seguía cantando. Seguía esperando una canción más.
Y aunque el final comenzaba a sentirse cerca, el Bithorn todavía tenía una última imagen por regalar.
A las 10:00 de la noche en punto, el espectáculo llegó a su final. Entonces explotó el cielo.
La pirotecnia y los fuegos artificiales iluminaron el Bithorn mientras miles de personas continuaban mirando hacia la tarima, grabando los últimos segundos de una noche que había comenzado bajo el sol y terminaba con destellos sobre San Juan.
Las últimas notas se apagaron. Pero la fiesta no murió con ellas. Todavía quedaban gritos. Aplausos. Personas abrazándose.
Y entonces quedó clara la imagen completa: Bad Bunny había comenzado la noche con salsa, después soltó el perreo, desempolvó canciones de sus primeros años, recorrió distintas etapas de su carrera, reunió amigos sobre el escenario y terminó mirando hacia el cielo de la isla que ha servido de hilo conductor para toda esta etapa de su música.
Había viajado por el mundo para terminar exactamente así: con su gente, en su casa, y con Puerto Rico entero convertido, una vez más, en un baile inolvidable.


