La ruta hacia los sueños
Antes del amanecer, decenas de jóvenes cruzan la isla para perseguir su sueño en el béisbol en la Carlos Beltrán Academy.
Por Luis A. Meléndez
Las únicas luces que alumbran la oscuridad de la madrugada provienen de un restaurante de comida rápida. El rugir de un motor diésel ahoga el sonido del coquí e interrumpe el silencio mañanero.
Poco a poco se van acercando vehículos al estacionamiento del negocio. De los carros y SUV’s bajan jóvenes, cargando con mochilas llenas de sueños y las herramientas para buscar alcanzarlos. Es por eso que están un jueves a las 4:40 a.m. subiendo a un autobús.
Se observan caras somnolientas, abrigos, sábanas y hasta almohadas. Dejan sus bultos en los asientos de al frente y se dirigen a la parte posterior de la guagua en busca de una butaca vacía en la que puedan recostarse para añadir unos minutos más de sueño.
De esta forma comienza una jornada que para sus protagonistas se ha convertido en una rutina diaria.

Manuel Camacho tiene 16 años y es oriundo de Salinas. “Mi papá se levanta temprano para irse a trabajar así que yo aprovecho para prepararme y que él me lleve a la parada y siga a trabajar. En la academia desayunamos, me cambio, calentamos, hacemos gimnasio, batear y lanzar. Si hay tapón llego a mi casa a las seis de la tarde. Dependiendo del día tengo que ir a practicar y luego llegar a estudiar”, explicó el adolescente.
En el trayecto transcurre en silencio mientras unos duermen y otros simplemente miran las pantallas de sus teléfonos con auriculares en sus oídos.
Justin Guzmán, de 15 años, vive en Guayama y es uno de los que toma el autobús en la primera parada. “Es difícil porque yo soy el que viene de más lejos comparado con mis otros compañeros. Levantarme a las 3:45 de la mañana no es tan fácil como pensaba”, reconoció el joven.
El autobús se mueve con rapidez por las calles relativamente vacías y da saltos con cada imperfección del asfalto hasta llegar a la próxima parada en Cayey. Las luces de la guagua escolar brillan un poco más por la falta de claridad de la mañana y guía el camino del próximo grupo de estudiantes. Antes de embarcarse besan y abrazan a sus madres que le echan la bendición y ven como suben al autobús amarillo.
Jonathan Torres, de 14 años, proviene de Cidra y estudia noveno grado. Dijo estar agradecido con sus padres por los sacrificios que han hecho para que él persiga su meta. “Es algo que yo adoro de ellos porque antes se levantaban a las 6:00, pero desde que comencé en la academia se levantan a las 4:00 a.m. y se acuestan a las tantas ayudándome a estudiar”, exclamó Jonathan.
Mientras se van alejando del estacionamiento, los jóvenes comienzan a confraternizar, hablan de los pasados torneos, sus actuaciones y cosas más triviales entre ellos. Entre el creciente grupo de estudiantes se destaca un muchacho energético y conversador. Se trata de Amir Valentin, de 14 años y proveniente de Cidra. Cursa noveno grado. Amir compartió algunas palabras que sus padres le inculcan. “Siempre me lo recuerdan… que esto es un sacrificio que se hace para que yo mejore…”, expresó el joven.
Los rayos del sol comienzan a asomarse entre las montañas y el autobús alcanza la tercera parada en Caguas. Esta vez un grupo más grande de jóvenes aborda el vehículo, que comienza a hacerse más pequeño ante la cantidad de soñadores y sus bultos y equipo de béisbol.
La mayoría comparte una meta: llegar a las Grandes Ligas. Cada uno lo visualiza de forma distinta. Unos anhelan lograr firmar instantáneamente al graduarse, mientras que otros apuntan a tomar la ruta universitaria, obtener una beca en los Estados Unidos y eventualmente entrar al draft.
Hay dos paradas más antes de llegar al destino final, una de ellas es en Plaza las Américas donde los jóvenes bajan del autobús tras recoger sus pertenencias. Aquí cambian a una guagua más grande que viene de recoger otro grupo de jóvenes provenientes de otra ruta.
Al llegar a la Carlos Beltrán Baseball Academy en el municipio de Florida, todos bajan del transporte y se dirigen hacia la estructura de la escuela. Aunque el trayecto ha sido largo hasta el momento, en este momento es que el día verdaderamente comienza.
Los estudiantes desayunan y luego toman rutas distintas. Unos van al gimnasio, otros a los salones de clase, el parque o las jaulas de bateo. En esta última nos reencontramos con Manuel Camacho y en una conversación descubrimos que su madre, estilista de profesión, ha sido su inspiración para continuar con el béisbol.
“Mi mama brega con las pequeñas ligas para sacar a los niños de la calle y llevarlos a un futuro orientado en el deporte de pelota. Gracias a ella estoy aquí y soy el hombre que soy”, expresó Manuel.
En una pared de la escuela se encuentran los nombres de todos los egresados a través de los 15 años de existencia de la misma. Ese listado incluye los nombres de las organizaciones en las que firmaron ya sean de béisbol profesional o universidades en las que fueron becados.
Cada uno de esos jóvenes que madruga para llegar a Florida antes de las 8:00 a.m. aspira a que algún día su nombre también quede plasmado en esa pared. Mientras ese momento llega, seguirán despertando antes del amanecer, abordando el mismo autobús y recorriendo la misma ruta. Porque para ellos no es solo un viaje hacia la escuela; es el primer tramo del camino hacia el sueño que persiguen.


