Existen los brasileños que no apoyan a su selección
Las calles de Brasilia estaban semidesiertas, mientras el Scratch du Oro disputaba su segundo partido mundialista. Metro buscó a los brasileños que no se interesan por el Mundial.
Por Pablo Cavada / Enviado Especial a Brasil
Es mediodía del martes y la estación Central del Metro de Brasilia está llena de “torcedores”, prestos a regresar a sus casas. En la capital los servidores públicos, el 70% de los empleados, trabajan la mitad de la jornada los días que juega Brasil en la Copa del Mundo. Por ello, el tráfico en las calles es tenaz.
Pero poco a poco, al acercarse la hora del encuentro Brasil-México, todo comienza a calmarse y las calles quedan vacías.
15:00 horas. Una hora antes del pitazo inicial, dejamos el estadio Mané Garrincha. Ya quedaba poca gente en las calles y la mayoría eran turistas, perdidos, buscando un lugar para ver el partido. Ayudamos a dos colombianos y un grupo de italianos a encontrar la ruta al Fan Fest, antes de seguir nuestro camino al enorme Parque del la Ciudad.
Allí, algunos runners disfrutaban de la soledad cerca del parque de diversiones. Alessandre Resende, un empresario de 41 años, ocupaba su patineta. “No soy muy aficionado al fútbol, sólo eso. Aprovecho estos momentos para estar acá y ver la naturaleza. Tengo el parque para hacer el deporte que me gusta, tranquilo”, nos dice antes de alejarse.
15:30 horas. Fuera del parque de diversiones encontramos a Pedro Antonio, que tiene un pequeño negocio de algodón dulce para los visitantes. Él, a diferencia de muchos, no eligió estar ausente en el juego del Mundial: “Tengo que trabajar y ganar dinero. Pero cada partido la venta cae mucho, a pesar de la promoción ($20 reales en día de partido) no viene mucha gente.
“Tengo pensado para el próximo juego que es aquí irme cerca del estadio. No estaré más acá cuando juegue Brasil”, nos dice.
16:00 horas. Ya debe estar comenzando el partido y una ciclista pasa por el Eixo Monumental, una de las principales avenidas, casi vacía. Su nombre es Angela Goncalves. Es una profesora de educación física, de 46 años, y nos cuenta que “no tengo una imposición de ver a Brasil cada vez que juega, no soy fanática. Estoy “torciendo”, pero de una manera diferente. El fanatismo de más no tiene razón y toda la corrupción le quita brillo a la fiesta. La gente “torce”, pero desconfía de los resultados”.
16:35 horas. Encontramos a tres amigos en sus bicicletas descansando apaciblemente en la pileta cercana a la turística Antena de TV. Ahora vacío y silencioso, el lugar recuerda a Felipe Duque la final de 1998: “No es la primera vez que salgo en medio de un partido. Para la final de 1998 (cuando Francia derrotó tristemente a Brasil) fui al Eixo Rodoviario (la principal calle de la capital) y no había nadie. Era como una imagen apocalíptica de la ciudad, como en una película. Este año intentaremos hacer un filme en las calles y correr desnudos si Brasil llega a la final, porque todos están centrados en eso”, dice este cineasta. Su amigo Gabriel Marquez, un artista plástico de 25 años, nos cuenta que “mucha gente gusta del fútbol, pero después de lo que aconteció con las manifestaciones y la corrupción no quiero participar”. Paula Jezuino, una estudiante de 24 años, agrega que “me gustó mucho del primer gol contra Brasil, creo que Marcelo debe ser un infiltrado en la selección”.
17:20 horas. Luiza Vidal es una servidora pública de 36 años. Ella llegó con sus patines al parque y se apresta a disfrutar de la soledad. “No me gusta el fútbol, para mí no es diferencia. Aprovecho de esta tranquilidad porque siempre a esta hora hay mucha gente y ahora es maravilloso”, dice y comienza su ruta. El estadio ya está a la vista y todavía no se escucha ningún grito de gol a lo lejos. Paso cerca de una camioneta equipada con una pantalla donde un grupo de personas sigue el partido: 0-0. El silencio sigue. La ciudad está en calma y ningún gol la romperá esta tarde.
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